Orgasmo celestial

Fue aquel uno de los atardeceres más maravillosos que recuerdo. Habíamos despegado pocos minutos antes de Montevideo y, a bordo de aquel carguero, sobrevolábamos a 20.000 pies de altura el estuario de Río de la Plata.

Avion puesta sol

Tierra, mar y cielo estaban teñidos de un rojo intenso que nunca podré olvidar.

Tan deslumbrante era el espectáculo que podíamos contemplar desde la cabina del viejo DC-8, que mi amigo, el comandante del avión, preso de la emoción, no paraba de decir ‘Esos de Iberia son tontos, me pagan un montón de dinero por hacer lo que más me gusta: volar. Yo les pagaría a ellos por volar”.

Y… tal vez por asociación de ideas, yo también pensé: “jo…. a mí me sucede lo mismo…. también me pagan un montón de dinero por hacer lo que más me gusta: ser puta y follar”. Y un escalofrío recorrió mi columna, desde la nuca a la punta de mis pies.

De repente, sin saber muy bien como ocurrió, me puse como una moto, y mirando fijamente a los ojos del comandante, le dije. “¿Seguro que volar es lo que más te gusta?”.

Él, hombre experto e ‘intuitivo’, con una sonrisa medio pícara, medio angelical, fijando su mirada en mi generoso escote, musitó entre dientes: “realmente no sé si volar es lo que más me gusta…..”.

Y yo pensé: ‘vamos a verlo’. Y ante la atónita mirada del segundo piloto y del mecánico de vuelo, un fornido y amable asturiano que hasta entonces apenas había levantado su mirada de los instrumentos de vuelo, comencé a desabrochar, muy lenta y suavemente, la camisa de mi amigo el comandante. Jugué con la pelambrera que adornaba su bien formado y varonil pecho, y poco a poco, fui descendiendo con mis manos hasta su cintura.

Noté como los ojos del segundo piloto y del mecánico recorrían mis alargadas piernas y se clavaban en mi bien moldeado trasero. Me noté excitada, muy excitada, y casi como si de un acto reflejo se tratara, mis caderas comenzaron un cimbreante movimiento. ¡Que puta soy!, pensé. Sin decir palabra, mientras yo desabrochaba el cinturón y la bragueta del comandante, el segundo piloto deslizó su mano bajo mi falda y comenzó a acariciar mis muslos, en la entrepierna.

Cielo, mar y tierra continuaban teñidos de color rojo, cada vez más intenso, o eso me pareció a mí. En el interior de la cabina solo se oía el ruido de las señales del sistema de radionavegación ‘Omega’…. y los suspiros del comandante que, inmóvil, con la mirada perdida en el infinito horizonte, ya estaba adivinando la mamada de polla que vendría unos instantes después.

DC8El escaso espacio que había entre el asiento del comandante y la consola central me obligó a abrirme totalmente de piernas, para colocar cada una de ellas a sendos lados de dicha consola y poder así reclinarme para alcanzar con mi boca la polla del comandante. De pronto noté como unos dedos nerviosos apartaban hacia un lado la parte inferior de mis braguitas, y acto seguido sentí mi ya humedecido coño frenéticamente taladrado por la abultada y rígida polla del mecánico asturiano que, con los pantalones en sus tobillos, vapuleaba mis nalgas muy vigorosamente mientras, jadeante, emitía sonidos parecidos a juramentos en arameo.

La mano del segundo piloto, que minutos antes hurgaba entre mis muslos, se trasladó, sin solución de continuidad a mis hermosas y turgentes tetas. Al principio las acariciaba muy suavemente, con ternura y notable lascivia al mismo tiempo, pero a medida que el mecánico iba incrementando el vigor y la rapidez de sus embestidas, sentí como el muy cabrón me retorcía los pezones, provocándome un repentino e intenso dolor que de pronto cambió de signo y se convirtió en un también intenso placer que me llevó a exclamar repetida y descontroladamente ‘más, más, más…. por favor, más….’.

De pronto, todo confluyó y, sin pretenderlo, comprendí en un plis-plas el arcano de la santísima trinidad, como se puede ser uno y trino simultáneamente, pero aún más, porque en aquella cabina de avión, atravesando los cielos, no había sólo tres almas sino cuatro que, cada una a su modo y manera, milagrosamente, confluyeron en un único y celestial orgasmo, que a su vez, simultáneamente, no fue un conjunto de tres, sino de cuatro increíbles orgasmos.

Y entonces llegó la calma, el cielo quedó en penumbra y unos instantes después se hizo la oscuridad mientras, silenciosos y satisfechos, dejábamos atrás el relumbre de Buenos Aires y, entre las sombras de la noche, a la luz de la luna, adivinábamos en el horizonte las cumbres de la cordillera andina. Nunca estuve más cerca del cielo.

Epílogo: Desde que comencé mi vida de puta profesional, fue uno de los pocos polvos que no cobré, pero, francamente, mereció la pena, y, sin duda…. volvería a repetirlo…. ¡¡¡gratis!!!!!

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